Ver para llorar
Hace setenta años murió uno de los poetas más maravillosos que España dió jamás: Federico García Lorca. Por quien fuera muerto y los motivos por los que fuera muerto, me parecen lo de menos, prefiero hablar de lo que hizo. Me parece injusto definir a un poeta por su muerte. Lorca escribía con una capacidad de hacer íntimo lo escrito (huye luna, luna, luna) , usaba palabras bellas (con vara de mimbre va a Sevilla a ver los toros) , apelaba al corazón de cada mujer y de cada hombre (pero yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa). En fin, al alcance de todos está.
Pero no podíais limitaros a eso, claro. No podíamos esperar que una obra de homenaje a Lorca quedase en paz. Teníais que mancharla, entre unos y otros. Entre los intolerantes de un lado, y el bufón del otro. No podíais dejar vuestros insultos, vuestros cánticos, o vuestras bufonadas aparte. Por un día. No os mereceis nada. Ni siquiera que cree un link para veros haciendo el mamarracho a las puertas de un teatro, o en la televisión catalana diciendo insensateces. Así os lleve el diablo.

El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.
Las aceitunas aguardan
la noche de Capricornio,
y una corta brisa, ecuestre,
salta los montes de plomo.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
viene sin vara de mimbre
entre los cinco tricornios.